
Antonio Arragán
Diario El Mundo
En Atoyac, Don Melquiades Ortiz es uno de los pocos agricultores que sigue arando la tierra como lo hacían sus antepasados.
Coloca unos fierros a su yunta y comienza a prepararse para sembrar. Aunque reconoce que la tecnología ha avanzado con la llegada de los tractores y otras maquinarias, desde niño se ha dedicado a ser yuntero, y afirma que la tierra es de quien la trabaja.
Todos los días, Don Melquiades llega al campo a partir de las 7 de la mañana, y cuando aumenta la intensidad del sol, suspende labores. Reconoce que el trabajo del campo es difícil, pero tiene bien medidos los surcos por los que pasará el toro con el arado, removiendo la tierra para comenzar a sembrar. Esta actividad agrícola se niega a morir, a pesar de que la mayoría de la población de la región se dedica a la agricultura y los yunteros están por desaparecer.
Los tractores llegaron para sustituir la mano del hombre en algunas áreas, pero Don Melquiades considera que la yunta no estropea las siembras en comparación con el tractor. Además, es un trabajo que ha realizado su familia durante generaciones.
Según integrantes de la Unión de Pequeños Ejidatarios, en los municipios de la región quedan apenas 50 yunteros que laboran en la zona, debido a que la mayoría del trabajo se realiza con maquinaria pesada. A pesar de esto, la tradición de los yunteros sigue viva en personas como Don Melquiades, que se niegan a dejar morir este legado agrícola.