Ray García G.
Diario El Mundo
Nemesio Gonzalez se gana la vida con uno de los oficios casi extintos, el se afilador.
Con sus 64 años carga su herramienta de trabajo y ofrece sus servicios casa por casa, y difícil resulta encontrar quien demande sus servicios.
El oficio del afilador, una tradición con siglos de historia, está desapareciendo poco a poco en muchos lugares del mundo.
Este trabajo, que consiste en afilar cuchillos, tijeras y otras herramientas de corte, solía ser una figura habitual en pueblos y ciudades, donde los afiladores recorrían las calles con su característica rueda de afilar y, en ocasiones, una flauta que anunciaba su llegada.
Con el paso del tiempo, la demanda de sus servicios ha disminuido significativamente; el acceso a herramientas modernas, más baratas y fáciles de reemplazar, ha reducido la necesidad de afilar utensilios. Además, la masificación de productos desechables y la proliferación de tiendas especializadas en la venta de nuevas herramientas ha afectado a este antiguo oficio.
"Ahora se venden muchos productos chinos de mala calidad desechables, y la gente nos ha cambiado por ello", asegura.
A pesar de que en algunas regiones aún se pueden ver afiladores, sobre todo en mercados o ferias, la profesión se enfrenta a un futuro incierto. El cambio en los hábitos de consumo y la modernización de la vida cotidiana hacen que el trabajo del afilador sea cada vez más raro, quedando relegado a una curiosidad o reliquia de tiempos pasados.
La desaparición del afilador no solo implica la pérdida de una profesión, sino también de un símbolo cultural que formaba parte del paisaje urbano y rural. En algunas ciudades, sin embargo, se intenta preservar la memoria de este oficio mediante talleres, exhibiciones y la promoción de su legado histórico.