Samuel Mayo
El Mundo de Córdoba
Su vocación es la palabra en un país donde ésta se cruza a menudo con las armas. El sacerdote Alejandro Solalinde dijo en su momento que su vida era como un juego de naipes y que la última carta le mataría. Aún espera ese instante. “El costo político de mi muerte es muy alto, pero ellos están calculando ese costo… En el último momento ya no les va a importar las formas. Es un gobierno cínico al que no le preocupan los costos políticos… No le preocupa nada”.
Solalinde es sin duda un apellido incómodo. Lo es al menos para todos aquellos que huyen de la verdad. Y la verdad en México es tan dolorosa que todo lo demás le parece insignificante, hasta su propia vida. Desde que creara en 2007 el albergue para migrantes “Hermanos en el Camino” en Ixtepec (Oaxaca), este sacerdote nacido en Toluca no ha dejado de denunciar las violaciones cometidas contra los migrantes, la corrupción de las autoridades que se lucran con ellos y una campaña “planificada”, dice, para proteger al criminal.
“Hemos interpuesto cientos de denuncias contra agentes de migración que cometieron delitos. No se hizo nada porque el Estado tiene toda la estructura para garantizar la impunidad. La presión de Estados Unidos es sistémica, pero también la presión del crimen organizado, y ésta presión se agrava al estar confundido con el de la función pública. Prácticamente no hay ninguna institución en México que no esté infestada por el crimen organizado”.
Solalinde tiene 71 años y otros tantos de rebeldía. Fue expulsado de los carmelitas por sus ideas y renegó de la formación sacerdotal del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos. No abandonó, sin embargo, su fe en Dios y la responsabilidad de llevar una cruz de madera en el pecho. Hace cuatro años aceptó un exilio forzoso por reiteradas amenazas de muerte. Regresó a los dos meses para continuar con una misión que justifica su vida: buscar justicia. “No tengo miedo…. Lo repito: No tengo miedo”, reiteró ante los medios de comunicación días antes de salir del país.
Alejandro Solalinde prefiere mostrar a hablar. Lo saben las decenas de periodistas que han pasado por su albergue y que fueron invitados a dormir en el suelo para escuchar las voces de esas mujeres que cuentan cómo hombres con aliento a pulque hacen fila ante ellas para violarlas; escuchar a jóvenes que muestran pasaportes con hasta 80 años de prohibición para ingresar en Estados Unidos; niños secuestrados que vieron de forma prematura cuál era el efecto real de una bala.
El temor no ha llegado, sin embargo, de las armas largas que de vez en cuando esperan al padre Solalinde a 150 metros de su albergue. Lo que le intimida son las palabras de los propios migrantes. Él y su equipo no dejan de informarles sobre la situación dentro y fuera de las fronteras: asaltos, secuestros, Trump… “¿Cómo ves?”, inquiere el sacerdote. “Ellos te responden que primero Dios. Y tú les dices que con todo y Dios su vida corre peligro. Pero ellos continúan. Nada los detiene”.
Más del cincuenta por ciento de los ingresos que obtienen las bandas criminales que operan en la ruta del Atlántico, incluido Veracruz, provienen del contrabando, la piratería, el secuestro o el tráfico de personas. El migrante es una diana más, pero no sólo él. “Me duele decirlo, pero la violencia que se ha desatado se ensayó con el migrante y ahora se ha generalizado. Secuestran a ricos y a pobres; cualquier persona en México es mercancía y es secuestrable”.
La Iglesia católica, afirma, también ha dado espalda a esta situación. Salvo excepciones, “no acompaña al pueblo en la búsqueda de justicia” ni invierte sus recursos en “la siembra de valores”. Las víctimas se sienten solas ante una cúpula eclesiástica que, desde su confort, sirve hoy a la administración pública.
“Juan Bautista fue a decirle a Jesús: Oye, Jesús, eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro. Yo diría lo mismo a los obispos. Son ustedes los mismos que habían de venir para cuidar y atender a su pueblo o tenemos que esperar a otra generación que sí quiera caminar con su gente, que salgan de sus palacios, de sus comodidades…”
Solalinde no tiene dudas. La respuesta a esta situación está en manos de la propia gente y de una Iglesia reformada. “Hermanos en el Camino” trabaja actualmente con colectivos de la UNAM para monitorear a los centroamericanos que permanecen en el país; ha firmado convenios con empresas de Nuevo León para crear microempresas dirigidas por los propios migrantes y funda tantos albergues como se cierran. “Somos el único estorbo para que se haga una política brutal contra el migrante. El mexicano debe organizarse de abajo hacia arriba, y agotará todas las opciones antes de un estallido social”.